
Transformación digital. El futuro lo construimos hoy
Dicen los expertos que la magnitud, y consecuencias, de la Revolución Digital va a marcar un hito en la historia de la Humanidad. Un salto superior incluso al que supuso pasar de la vida artesanal a la industrial. El cambio de paradigma tecnológico y energético altera ya todas las actividades humanas. Se trata de un cambio más profundo y acelerado del provocado la revolución industrial.
Desde una perspectiva histórica, la revolución industrial supuso un punto de inflexión en la historia de nuestra especie, y el proceso de mayor transformación económica, social y tecnológica desde el Neolítico. Si bien ha tenido un coste ecológico demasiado elevado, que ahora debemos enmendar con carácter de urgencia, este periodo arroja un indudable saldo neto de mejora de las condiciones de vida como nunca antes en la historia. Sirva como indicativo el hecho de que en los últimos 100 años la población mundial se ha multiplicado por 7, y la esperanza de vida se ha multiplicado por más de 2.
La indudable prosperidad que desde una perspectiva histórica ha aportado no debe, sin embargo, hacernos olvidar que las generaciones que protagonizaron este cambio soportaron enormes sacrificios, conflictos y sufrimiento. El enorme impacto social que genera un cambio tan profundo agudiza las contradicciones sociales, económicas y políticas.
De todo ese proceso de transformación que supuso la revolución industrial podemos extraer algunas conclusiones válidas para el momento actual:
En primer lugar, hay que señalar que la velocidad actual del cambio tecnológico no tiene precedentes, y ello dificulta la adaptación, tanto por la inercia cultural como por la resistencia al cambio inherente al ser humano. La rápida obsolescencia de oficios, trabajos y sectores económicos enteros, es un problema estructural que hay que atender, pero no entorpecer. Y es obligación de los agentes políticos desarrollar una visión que anticipe esas consecuencias para poder diseñar políticas inteligentes.
En segundo lugar, la necesidad de una política competente, entendida por aquella que se mide por la capacidad de entender y comprender el alcance y consecuencias de este cambio vertiginoso, así como por actuar antes de que las nuevas condiciones y reglas de juego supongan un retroceso en bienestar, en libertades públicas y en la calidad de la democracia social.
Por último, la política debe trabajar en clave pedagógica con agentes sociales y económicos para facilitar la visión de que este cambio sólo llegará a buen puerto si repensamos con inteligencia y con solidaridad un nuevo contrato y un nuevo marco social para todas las personas.
Es perfectamente entendible el miedo que suscitan cambios de semejante envergadura. Pero es tarea de la clase política ayudar a comprender tanto el alcance y la dificultad del reto, como la de acompañar y adoptar las medidas necesarias para que nadie se quede descolgado de este tren.
Este cambio no es opcional. No se plantea en términos de aceptación o rechazo, sino en términos de cómo y a qué velocidad debemos abordarlo. Adoptar una actitud de negación del mismo y de añoranza del pasado es una irresponsabilidad que nos aboca al fracaso colectivo.
La revolución industrial 4.0 abre una etapa en la que la velocidad de adaptación va a ser clave para ser competitivo. Asistimos a un momento en el que la velocidad (el pez rápido se come al lento) es más importante que el tamaño (pez grande se come al pequeño).
Por tanto, es necesario apoyar al tejido productivo a afrontar el proceso de transformación digital que le permita adaptarse y prosperar en el nuevo entorno en el que la competitividad, en un mundo globalizado, es crucial. Esto conlleva afrontar la transformación de todos los sectores, y repensar nuestras fuentes de trabajo y de riqueza.
En paralelo, es necesario transformar el marco y el contrato social actual, a todas luces insuficiente y obsoleto para las necesidades que surgen en este nuevo escenario. Es tarea para las fuerzas progresistas abordar una necesaria reflexión acerca de la transformación y reinvención de un nuevo modelo del estado de bienestar. Una transformación con el foco puesto en la necesidad de reinventar, redefinir y adaptar sus prestaciones, y no de recortarlas, como pretenden los sectores más neoliberales.
La magnitud del reto nos exige una reinvención en toda regla del estado de bienestar tal y como lo conocemos hasta la fecha. Las fuerzas progresistas tenemos el reto de convencer al conjunto de la sociedad acerca de la necesidad de alinear el salto tecno-productivo con el salto social.
Por eso es importante y necesario reflexionar, aportar visión y convertirnos en un referente de una nueva narrativa que sitúe esta transformación en parámetros y objetivos de beneficio al conjunto de la ciudadanía. Es preciso evitar las catastróficas consecuencias políticas y sociales que pueden derivarse de las políticas reaccionarias y populistas de aquellos que aprovechan el miedo lógico a lo desconocido para insuflar rechazo, y promueven políticas de odio, excluyentes y antisociales.
La robotización, la automatización y la Inteligencia Artificial comprometen seriamente al mercado laboral y a un gran porcentaje de perfiles profesionales actuales con destrucción de empleos y creación de otros que emergen con los avances tecnológicos. Nos corresponde a los responsables políticos actuar con anticipación y audacia, y aportar medidas innovadoras que minimicen el impacto, con especial atención a los colectivos más vulnerables, como pueden ser trabajadores/as poco cualificados, sobre todo los que en la actualidad rozan la cuarentena de años. Y situar la formación permanente como una de las estrategias prioritarias de cualquier gobierno.
Las formaciones progresistas y transformadoras tenemos el deber de trabajar sin descanso en crear unas nuevas reglas del juego para asegurar que los beneficios de la Nueva Era lo sean para el conjunto de la ciudadanía. Si el cambio no es social, no es inteligente. Y si no es inteligente, tampoco es social.
El estado de bienestar que hemos conocido en los últimos decenios hubiera sido inimaginable al comienzo de la revolución industrial. Hoy, a las puertas de una revolución aún mayor, y con un mayor impacto social, debemos aprender de la historia y entregarnos en cuerpo y alma al diseño urgente de un nuevo marco.
Nuevas reglas y nuevas condiciones sociales que posibiliten una transición lo menos traumática posible. El cambio social que conlleve el cambio tecnológico y económico debe ser proporcional y audaz. La política debe empezar a diseñarlo, de forma participativa e innovadora, antes de que sea demasiado tarde.
En Navarra, en esta legislatura ya a punto de terminar, hemos trabajado simultáneamente en esos dos carriles: el económico y el social. La propia configuración del gobierno, con dos vicepresidencias, Desarrollo Económico y Derechos Sociales, refleja a la perfección esa voluntad.
4 años es poco tiempo para abordar un proceso de transformación tan complejo, pero hemos puesto los cimientos y bases sólidas para afrontar el futuro digital de Navarra con garantías para el conjunto de la ciudadanía. Esta tarea de gigante nos afecta al conjunto de la sociedad. A todos y cada uno de los sectores productivos. Es necesario que el empresariado, así como los trabajadores y trabajadoras, las organizaciones sindicales, el sistema educativo en su conjunto, la clase política y, por supuesto, el tejido organizativo y la ciudadanía, nos impliquemos en construir un futuro compartido.
En Navarra, el progreso extraordinario experimentado en los últimos 60 años, no se ha debido sólo al desarrollo de un sector tecnológico industrial, sino a las condiciones sociales que permitieron su impulso. Hoy en día, necesitamos lo mejor de todas y cada una de nosotras para afrontar con ilusión, con esperanza y con tesón la construcción de la Navarra de las próximas décadas.
Y estoy plenamente convencida de que lo conseguiremos.
Uxue Barkos